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| Elías Figueroa, el líder de la defensa chilena |
En la Plaza Roja no hay mucha gente. Hace un frío que cala hasta los huesos, a pesar de que el verano terminó hace poco. El viento helado que baja por el río Moscova y corre por la capital del bloque soviético golpea directamente en la cara, y hace que corran los mocos. Unos rusos, enfundados en abrigos verdeoscuros, se frotan las manos y se las calientan con el tufo. El sol sirve solo para alumbrar. En un costado de la plaza e inadvertidos por los habitantes del bloque oriental de la Guerra Fría, un grupo de hombres con buzo rojo y el nombre de Chile en la espalda se toma una instantánea, teniendo en mente el partido de vuelta, a disputarse en el Estadio Nacional de Santiago. Son los hombres que han cruzado medio mundo para robarles a los soviéticos un punto para la clasificación a la Copa del Mundo de la República Federal Alemana.
Contra todo y contra todos, los chilenos pudieron llegar a tierras soviéticas para sacar un empate sin goles épico. No sólo por el juego demostrado en la cancha, que fue friccionado y muy fuerte, pero ordenadito atrás por parte de la Selección Nacional, que tuvo como figuras excluyentes a la debutante pareja de defensores centrales, Quintano y Figueroa, sino que por todo el contexto que ha rodeado al viaje.
Ya sabiendo que el partido del repechaje para clasificar al Mundial de 1974 iba a ser contra la URSS, las Fuerzas Armadas derrocan en un golpe de estado al presidente socialista, y muy vinculado por los medios de comunicación a la Unión Soviética, Salvador Allende. Desde ese día el viaje, que iba a realizarse el 17 de septiembre, se volvió incierto. Pero finalmente, y sin ninguna certeza de lo que ocurriría con sus familias, bajo un clima de tensión y nerviosismo, los jugadores partieron hacia Moscú. El viaje contemplaba varias escalas, y apenas llegaban a un aeropuerto extranjero, la prensa local se acercaba a los jugadores chilenos a preguntarles por la situación política del país. Los jugadores tenían instrucciones estrictas de no hablar sobre otra cosa que no fuera fútbol. La verdad era que ni ellos sabían lo que estaba pasando.
El viaje consistía en una minigira, en la que la Roja debía enfrentar a la selección de México en el Estadio Azteca (20 de septiembre, 2-1 a favor de Chile), y al pequeño equipo suizo Neuchatel Xamax (23 de septiembre, 1-0 para la selección), antes de jugarse la clasificación contra los soviéticos, el 26 de septiembre. A pesar de estas dos victorias, el trayecto fue eterno. Y lo peor era que no todos los seleccionados viajaban juntos. Elías Figueroa, considerado el mejor defensa sudamericano del año y que se convertiría en figura importante del partido de Moscú, viajó directamente del Estadio Beira-Rio, canilleras en mano, a París, y luego a Frankfurt, donde casi por suerte se encontró con la delegación chilena.
Ya viajando a Moscú, no había certeza de que los rusos dejaran entrar al grupo al país. El nerviosismo era evidente. Ya con pasaportes en mano, la NKGB detuvo mantuvo al equipo chileno en el aeropuerto, debido a que el bigote de Caszely no aparece en su foto de identificación, y a que Figueroa y Asfura no tenían
Visa de ingreso. Luego de 6 horas, y gracias a la posición estricta que mantuvieron los seleccionados, la policía soviética los dejó entrar.
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| Oleg Blokhin, el 10 de los soviéticos |
El partido se jugó en el Estadio Lenin de Moscú, ante unas 60.000 personas, y con menos 5 grados de temperatura. La propaganda soviética para el partido, según estudiantes chilenos de intercambio en la Universidad Patricio Lumumba, transmitía a los moscovitas que los chilenos no querían volver por ningún motivo a su país. El partido comenzó apretado, con la Unión Soviética proponiendo y Chile pegando y rechazando, dejando en evidencia las intenciones de Luis Álamos, el técnico nacional. La propuesta defensiva consistía en que los dos volantes de ontención, Guillermo Paez (Colo Colo) y Juan Rodríguez (Atlético Español, México), corretearan a los soviéticos hacia las bandas, obligándolos a abusar del centro al área, donde Figueroa y Quintano despejarían de cabeza. La primera acción comprometedora se produjo al inicio del partido, cuando el propio Paez le puso una plancha para expulsión a un jugador soviético, que el árbitro brasileño Armando Marquez, con sugerencia de Elías Figueroa, no castigó ni con amarilla. Las ayudas arbitrales del jugador del Internacional de Porto Alegre serían constantes del partido. Luego de esto, comenzó a aparecer la figura de la Unión Soviética, y una de las estrellas del fútbol europeo: Oleg Blokhin. Con su zurda y su velocidad endemoniada, fue un dolor de cabeza constante para la ordenada defensa chilena, y sobre todo para el lateral derecho Juan Machuca, de Unión Española. Finalmente, en otra de las tantas jugadas que el zurdo soviético se llevó en velocidad a Machuca, y al filo del reglamento, Figueroa cruzó en barrida y derribó al jugador del Dínamo de Kiev, sacándolo de la cancha. Marquez solo amonestó verbalmente al chileno, y Blokhin no aparecería más en el partido.
En la segunda parte, la tónica del juego iba a ser la misma. El representativo soviético proponía, o intentaba proponer frente a una defensa muy ordenada y con un Caszely colaborador en defensa, yendo al sacrificio. A pesar de esto, llegó la ocasión más clara del partido para Chile, cuando el pequeño delantero de Colo Colo gambeteó a uno de los grandotes centrales rusos y estrelló un remate con pierna derecha al travesaño. Finalmente, los eslavos no serían capaces de romper el muro defensivo chileno, y el partido terminaría con empate a cero, pifias para un equipo cuyo público daba por ganador absoluto (se hablaba de hasta un 5-0 a favor de la potencia oriental) y aplausos, incluídas las palmas de Lev Yashin, quien fuera el mejor arquero de la Copa del Mundo de nuestro país, para el equipo que les plantó cara y se defendió con dientes y uñas.


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